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15.5.11

El París de Julio Cortázar (Horacio de Dios)


Para La Nacion, Argentina. Domingo 07 de marzo de 2004
Publicado en edición impresa

Por: Horacio de Dios

"Veinte años no es nada...", como diría Alfredo Lepera en Volver. Lo mismo ocurre con el vigésimo aniversario de la muerte de Julio Cortázar. Por empezar se mantiene su propia casa y siempre fueron muy importantes las casas en su obra. El lo explicó en carta a Manuel Antín en 1964: "No me cansaré de decirte que esa casa es la verdadera actriz de Circe.

Vivió en el N° 4 de Rue Martell, muy cerca de la estación Château d´Eau de la línea 4 del metro, antes de Gare de l´Est. En el frente hay una fábrica y al fondo, subiendo unas escaleras de madera, estaba su departamento.

El décimo arrondissement (distrito) no es un barrio turístico y por eso pocos de sus muchos lectores se acercan a un lugar que ni siquiera tiene una placa recordativa. La mayoría sólo la conoce por la película documental de Tristán Bauer. 

Con música de fondo 

Hay que imaginarse el ambiente y ponerle música. Como hizo Bauer convocando el fueye de Juan José Mosalini para acompañar la voz del autor contando cosas que extrañaba: "El dulce de zapallo, el bandoneón de Troilo..."

El mismo le había confiado a Hugo Guerrero Marthineitz: "Cuando es medianoche, estoy cansado y es la hora del último trago antes de dormir, yo sé que casi siempre pongo un disco de Pichuco porque lo quiero mucho. Tiene una manera de frasear, de murmurar un tango, que me parece incomparable".

En su novela Rayuela no hay muchos tangos, pero podrían tararearse en los encuentros de Horacio Oliveira (¿su otro yo?) con Lucía, la Maga, entre los puentes de hierro y los árboles del Canal St. Martin. Ese curso de agua pensado por Napoleón, que desde La Villette llega al Sena por la Bastilla, es poco frecuentado por los extranjeros.

Las excursiones en lancha, atravesando esclusas como en un Canal de Panamá en chiquito, valen la pena, aunque el viaje exija más de hora y media.

Es más rápido llegar a sus orillas por las estaciones Louis Blanc, Château Landon, Jean Jaurès, etcétera, del metro. 

La primera tanguería 

A la vuelta del Centro Pompidou, en 37 Rue de Lombards, a fines de 1981, nació Trottoirs de Buenos Aires, de la que no hoy no queda nada salvo el recuerdo.

Era la primera tanguería en Europa, según sus propietarios (Benjamín Kruk, Edgardo Canton y Tomás Barna) y Julio Cortázar fue su padrino espiritual.

Allí actuaron el Sexteto Mayor, Rubén Juárez, Horacio Salgán-Oscar De Lío, Susana Rinaldi y Osvaldo Piro, entre otros. Y se escucharon los tangos con sus letras y músicas de Canton. En el vecino Teatro Chatelet se estrenaría, en 1983, Tango Argentino, de Héctor Orezzoli y Claudio Segovia.

Le gustaban los laberintos tanto como a Jorge Luis Borges y por eso otro de sus lugares predilectos eran los pasajes del siglo XIX que llevan al Palais Royal, donde da gusto perderse.

Pese a las multitudes del Louvre, que está enfrente, no son muchos los que lo recorren. Y está presente en varios de sus relatos. 

Un gotán en el recuerdo 

No lejos de allí, en una callecita que corta la avenida de la Opera surgió Un Gotan para Lautrec, libro que hizo con Sábat. Toulouse-Lautrec era habitué de una pupila en un burdel llamado Regine, que llevó a la tela con el nombre de Le Salon de la Rue des Moulins.

Ella podría llamarse Mireille, la misma que Lautrec temía en una carta que se perdiera en Buenos Aires en la época de las francesitas (Griseta, Ivette, Ivonne, etcétera).

De Mireille a la rubia Mireya sólo hizo falta un salto imaginativo para llegar al mito: Te acordás hermano/ qué linda que era/ se formaba rueda/ pa´ verla bailar.

Hay muchos París y uno es el de Cortázar. Incluyendo el Cementerio de Montparnasse, donde descansa al lado de Carol Dunlop, su último amor. Las lápidas están juntas porque los franceses no separan en la muerte lo que unió la vida. 

5.5.11

Barcelona como imagen (Juan villoro)




Por: Juan Villoro


Las ciudades extranjeras son sitios de comparación. Para quien creció en el expansivo caos de México D. F., Barcelona representa una aventura del orden. Enrique Vila-Matas ha escrito que la crispada vida de la Ciudad Condal recuerda al temperamento de Madame Bovary. En tal caso, la apocalíptica intensidad del Distrito Federal debe ser comparada con Janis Joplin. El nerviosismo barcelonés parece controlado por ansiolíticos de diseño.

Foto de: http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/villoro/mapas/BCN01.html

En Las ciudades invisibles, Italo Calvino evoca remotas urbes amadas. Barcelona llegó a mis oídos de esa forma, como un escenario perdido. Mi padre nació ahí y tuvo que abandonarla en 1932, a los diez años. La dilatada noche del franquismo le impidió volver.

Mi primera estancia larga en Barcelona comenzó el Día de Reyes de 1976 y duró cerca de un mes. Me hospedé en el Hostal Viena, del Barrio Chino, porque ahí había vivido Henry Miller. Como en los cines proyectaban películas dobladas, mi segundo albergue fue la Filmoteca, que parecía una cripta de conspiradores. Los edificios modernistas eran imponentes testigos de una prosperidad anterior y aguardaban el momento de que alguien se acordara de limpiarlos. Aunque el franquismo había producido horrendas moles cuadradas, el paisaje urbano se mezclaba en tranquila armonía, como las palmeras que convivían en los parques con árboles del frío.

El sol bañaba las piedras del barrio gótico pero las habitaciones se entregaban al plácido refugio de las sombras. Hice trámites en oficinas iluminadas con timidez por un patio de luz; las porterías parecían cuadros de Hopper: un cubil oscuro donde un foco amarillento iluminaba la rústica mano de un guardián.

Juan Villororo · Mapas
 Foto de http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/villoro/mapas/BCN01.html
 
Para llegar a mi hostal recorría calles olorosas a orines y sorteaba a los marineros que dormían su borrachera. A los 19 años ese escenario me parecía perfecto; aún mejor era la tensión que animaba la ciudad. Un viento radical recorría las piedras clásicas de Santa María del Mar, los portales de la Plaza Real, la amplia simetría de las Ramblas, las librerías donde todos los libros parecían tratar de la contracultura. En los cafés se hablaba de eurocumunismo, antipsiquiatría, drogas alternativas, futbol total, nueva canción catalana, cine de autor, antinovela y travestismo con un fervor que anunciaba, no sólo que los cambios eran posibles, sino que ocurrirían entre las aceras de mar y de montaña. En cualquier portal surgía una mesa con libros marginales, mermeladas naturistas, serigrafías de Tàpies, velas aromáticas. Un tejido mediterráneo donde los talleres y plazas proponían una sensata artesanía del cambio.
En 1992 me instalé por unos meses en un departamento amueblado y conocí la Barcelona olímpica. La ciudad se abrió al mar y ordenó su circulación, pero sobre todo logró representarse a sí misma como sede de una elegante modernidad.

Ciudades como Venecia o Samarcanda disponen de una mitología superior a su escenario. Barcelona ha logrado ser una metáfora globalizada. Tal vez Woody Allen inauguró la tendencia de los personajes cinematográficos que quieren ir a Barcelona, esa verosímil locación de escape, tan comentada en las revistas de los aviones.

Me sorprende la cantidad de barceloneses hablan como alcaldes de la ciudad, satisfechos de su entorno. La imagen predominante es la de una urbe dominada por el buen gusto, la eficacia, la tolerancia y la luz mediterránea. Sin perder estos atributos, el escenario cambió en los últimos años: la tarjeta postal recibió retoques de photoshop para presentarse como plataforma de servicios. 

Saskia Sassen observa en Global City que las metrópolis han perdido su rígida localización. Barcelona es, entre otras cosas, un territorio de alquiler para quienes buscan ferias, festivales, congresos, consultas médicas, estudios de todo tipo, turismo sexual o cultural, despedidas de solteros.
Durante tres años (de 2001 a 2004) viví en la parte derecha del Ensanche y llevé a cabo un sondeo de barrio. Cada vez que veía una mudanza preguntaba quiénes se iban y quiénes llegaban. Casi siempre, una familia catalana dejaba su sitio a canadienses, australianos, japoneses o estadounidenses. Algunos venían retirados; la mayoría se instalaba a trabajar, no en asuntos vinculados con Barcelona, sino para su ciudad de procedencia. Las nuevas comunicaciones, los buenos servicios locales y los bajos costos (en términos japoneses), permiten la deslocalización: trabajar para Tokio viviendo en Barcelona. Los nuevos inquilinos son periféricos a escala globalizada, del mismo modo en que mis alumnos de la Universidad Pompeu Fabra solían ser periféricos a escala regional (venían de Rubí, Matarò y otras poblaciones donde el alquiler les resultaba razonable).

Algunos efectos de photoshop: el buen gusto barcelonés ha derivado hacia el sobrediseño y la concepción de la metrópoli como marca internacional ha privilegiado la arquitectura de firma sobre el talento local. El criterio de fondo es el de un cosmopolitismo entendido como consumo o fichaje, no como creación propia.

Al mismo tiempo, la cultura local ha cobrado un sesgo regionalista y defensivo ante el bilingüismo (visto como una amenaza y no como lo que en mi opinión es, una envidiable ventaja). Recuerdo un reportaje que hablaba con alarma del predominio del castellano en los recreos escolares a causa del contagio provocado por los inmigrantes latinoamericanos. Curiosamente, el hecho de que el texto estuviera escrito en castellano no llevó al autor a reflexionar sobre las ventajas del ejercicio multilingüe.

La belleza de Barcelona no ha dejado de existir. Digamos que la adolescente cuyo principal atractivo era la ignorancia de su propia hermosura se transformó en una top-model que trabaja para la mejor agencia.

Juan Villororo · Mapas 
Foto de: http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/villoro/mapas/BCN02.html

La imagen más kitsch que conservo de la ciudad es la del alcalde Joan Clos bailando en un camión descapotable al ritmo de Carlinhos Brown . Asistumos entonces a un momento extremo de la ciudad de servicios: la diversión como programa oficial, un Club Mediterrané donde al gerente le pagan por bailar.

Ante las muchas agencias de relocating que ofrecen estupendos pisos para australianos, he pensado en la necesidad de un relocating cultural. La vida de Barcelona sería más rica si en vez de ofrecer transitorias actividades al ritmo de la moda, apoyara centros permanentes de creatividad que involucraran las culturas que ya existen en sus calles (la árabe, la charnega, la latinoamericana), y las combinara con las energías que se pronuncian en catalán. Un ambiente que reconociera lo que ya ocurre en secreto: zonas de la imaginación que aún no llegan a la imagen oficial. Para Néstor García Canclini lo híbrido se distingue de lo criollo o lo mestizo en que no es una mezcla ya estabilizada sino un proceso, un movimiento, una frontera de encuentro. Permitir esa zona de cruces sería el verdadero cometido cosmopolita de Barcelona.

Los desafíos de la ciudad derivan de su imagen. La marca mental “Barcelona” supera al espacio que la acredita. Su futuro dependerá de no ceder a las tentaciones comerciales de su propio simulacro. Las piedras de siempre son su mejor respaldo.

Hace poco le pedí a mi hija de siete años que dibujara un paisaje urbano. Al cabo de media hora, llegó con el resultado. Inés vivió un año en México, luego tres en Barcelona y lleva otros tres en México. ¿Qué significa para ella lo urbano?

Me entregó un papel donde aparecían el Parque de la Ciudadela, la Catedral, el Barrio Gótico, su chiquipark favorito y la papelería de la señora Milagros, a la vuelta de nuestra casa. No podría haber hecho un cuadro equivalente del D. F., donde pasa del caos de coches al caos de gente.
El paisaje pintado por mi hija se parece bastante al que mi padre conservó de la ciudad perdida a los diez años. Barcelona imanta con una fuerza superior a los usos transitorios y banales a los que se somete.


(Fuente: http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/villoro/mapas/BCN01.html)