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El París de Julio Cortázar (Horacio de Dios)


Para La Nacion, Argentina. Domingo 07 de marzo de 2004
Publicado en edición impresa

Por: Horacio de Dios

"Veinte años no es nada...", como diría Alfredo Lepera en Volver. Lo mismo ocurre con el vigésimo aniversario de la muerte de Julio Cortázar. Por empezar se mantiene su propia casa y siempre fueron muy importantes las casas en su obra. El lo explicó en carta a Manuel Antín en 1964: "No me cansaré de decirte que esa casa es la verdadera actriz de Circe.

Vivió en el N° 4 de Rue Martell, muy cerca de la estación Château d´Eau de la línea 4 del metro, antes de Gare de l´Est. En el frente hay una fábrica y al fondo, subiendo unas escaleras de madera, estaba su departamento.

El décimo arrondissement (distrito) no es un barrio turístico y por eso pocos de sus muchos lectores se acercan a un lugar que ni siquiera tiene una placa recordativa. La mayoría sólo la conoce por la película documental de Tristán Bauer. 

Con música de fondo 

Hay que imaginarse el ambiente y ponerle música. Como hizo Bauer convocando el fueye de Juan José Mosalini para acompañar la voz del autor contando cosas que extrañaba: "El dulce de zapallo, el bandoneón de Troilo..."

El mismo le había confiado a Hugo Guerrero Marthineitz: "Cuando es medianoche, estoy cansado y es la hora del último trago antes de dormir, yo sé que casi siempre pongo un disco de Pichuco porque lo quiero mucho. Tiene una manera de frasear, de murmurar un tango, que me parece incomparable".

En su novela Rayuela no hay muchos tangos, pero podrían tararearse en los encuentros de Horacio Oliveira (¿su otro yo?) con Lucía, la Maga, entre los puentes de hierro y los árboles del Canal St. Martin. Ese curso de agua pensado por Napoleón, que desde La Villette llega al Sena por la Bastilla, es poco frecuentado por los extranjeros.

Las excursiones en lancha, atravesando esclusas como en un Canal de Panamá en chiquito, valen la pena, aunque el viaje exija más de hora y media.

Es más rápido llegar a sus orillas por las estaciones Louis Blanc, Château Landon, Jean Jaurès, etcétera, del metro. 

La primera tanguería 

A la vuelta del Centro Pompidou, en 37 Rue de Lombards, a fines de 1981, nació Trottoirs de Buenos Aires, de la que no hoy no queda nada salvo el recuerdo.

Era la primera tanguería en Europa, según sus propietarios (Benjamín Kruk, Edgardo Canton y Tomás Barna) y Julio Cortázar fue su padrino espiritual.

Allí actuaron el Sexteto Mayor, Rubén Juárez, Horacio Salgán-Oscar De Lío, Susana Rinaldi y Osvaldo Piro, entre otros. Y se escucharon los tangos con sus letras y músicas de Canton. En el vecino Teatro Chatelet se estrenaría, en 1983, Tango Argentino, de Héctor Orezzoli y Claudio Segovia.

Le gustaban los laberintos tanto como a Jorge Luis Borges y por eso otro de sus lugares predilectos eran los pasajes del siglo XIX que llevan al Palais Royal, donde da gusto perderse.

Pese a las multitudes del Louvre, que está enfrente, no son muchos los que lo recorren. Y está presente en varios de sus relatos. 

Un gotán en el recuerdo 

No lejos de allí, en una callecita que corta la avenida de la Opera surgió Un Gotan para Lautrec, libro que hizo con Sábat. Toulouse-Lautrec era habitué de una pupila en un burdel llamado Regine, que llevó a la tela con el nombre de Le Salon de la Rue des Moulins.

Ella podría llamarse Mireille, la misma que Lautrec temía en una carta que se perdiera en Buenos Aires en la época de las francesitas (Griseta, Ivette, Ivonne, etcétera).

De Mireille a la rubia Mireya sólo hizo falta un salto imaginativo para llegar al mito: Te acordás hermano/ qué linda que era/ se formaba rueda/ pa´ verla bailar.

Hay muchos París y uno es el de Cortázar. Incluyendo el Cementerio de Montparnasse, donde descansa al lado de Carol Dunlop, su último amor. Las lápidas están juntas porque los franceses no separan en la muerte lo que unió la vida. 

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